Las rutas de Río Negro eran mil veces mejores que las de Chubut, eso lo veía a la distancia, lo sentía en carne propia a cada bache que esquivaba por minuto.
¿Qué sería de mí sin moto por esta carretera?, ¡por Dios!, ¿Cómo deja el gobierno que esto suceda?... ¡claro... ellos no viajan en auto!.
Pocas semanas habían pasado desde que decidió montarse todo el circo del viaje en moto por la Argentina pero su primer objetivo había sido Buenos Aires desde que esa idea cruzó su cabeza.
El paisaje era bellísimo, pero como había imaginado, demasiado frío para mantenerse mucho tiempo viajando. Tendría que hacer todo el recorrido en varias partes, la idea le molestaba, pero no lo suficiente como para dejar de lado su sueño de viajar en moto hacia la gran capital.
Aimé paró a un lado de la ruta para sacar de su bolso un par de tostadas húmedas y un cuchillo sin filo.
Bien que me viene un desayuno con Rosa Mosqueta* en este momento. Unta un poco el pan y se lo lleva a la boca estirando las piernas y analizando rayo a rayo las ruedas de su moto.
Espero que no me traigas problemas. No me gustaría quedarme tirada en medio de la ruta. De momento no había tenido problemas con la señal telefónica, pero era un suceso típico que cualquiera que viajase por ruta se quedara desamparado a las pocas horas de dejar una ciudad (Teniendo en cuenta que las rutas conectan provincias que pueden estar alejadas por más de 800Km en línea recta).
Aimé también lo sabía. Pero también sabía que su hermana la estaba guiando y acompañando. Sabía que por lejos que pareciese, su hermana estaba disfrutando de esa jalea con ella, contando uno a uno los rayos de la rueda.
Sí que la echaré de menos.
Aimé tomó un mapa y lo analizó.
Llevaba dos días de viaje y en el mapa ya se hacían ver marcas de fibra indeleble por cada lugar en el que había dormido o parado a comer, no había avanzado mucho en el viaje ya que una tormenta de hielo no permitió que dejara la frontera Chubutense cuando lo tenía planeado.
Iba bien, la ruta era la correcta y las provisiones de alimentos doblaban la ración corriente que llevaría cualquier viajero. Era natural, su desgaste no había sido mayor dado que un día entero se lo pasó dentro de una cabaña viendo nevar mientras esperaba que termine para poder seguir su viaje.
El mapa estaba, aún así, en muy buenas condiciones.
Veamos… ruta tres, ruta tres, ruta tres… sí, ¡aquí está! Con el dedo se ayudaba a seguir el camino que la llevaría a la capital.
Suspiró al ver lo mucho que le faltaba para llegar, tenía intenciones de ver suelo bonaerense en menos de cinco días. Estaba evidentemente frustrada.
¿Debería llamar nuevamente a Anwen? Se preguntó al extrañarla sintiendo la soledad.
Pero que tonterías, si acabo de cortar con ella. Sonrió sabiendo muy en su interior que hubiese querido que ella esté allí. Hubiese querido dejarla ir también, pero ese no era el objeto del viaje, ni por lejos. Tampoco debía ser egoísta… este era su camino y no tenía por qué inmiscuir a su hermana en semejante locura.
Guardó el mapa en el bolso y volvió a subir a la moto.
Arranque, acelerador, luces bajar, todo listo. La marcha comenzó lenta pero rápidamente alcanzó los 130 Km/h, debía recuperar tiempo perdido y aún estaba muy bien de gasolina.
Los espejos retrovisores no delataban en la ruta más que algún que otro conejo cruzando de vez en cuando a toda prisa o simple tierra removida por la moto.
Las montañas estaban nevadas en sus picos consecuencia de un clima tan ciclotímico que permitía una nevada tan intensa como el mismo sol que sufría ahora sobre sus hombros.
El día había sido un infierno de calor compensando el anterior.
Aimé conocía la mayoría de esas estupendas atracciones turísticas que eran las rutas Argentinas y sus paisajes arbolados. Las hojas tupidas y los animales salvajes llamaban la atención de muchos extranjeros que pretendía conocerlas por no quedarse fuera de una charla geográfica.
Los dos últimos días las montañas habían sido casi aplastadas para convertirse en puras planicies y llanos, campos totalmente sembrados y árboles espaciados. Todo aquello era fascinante pero a la vez algo monótono.
Hasta aquél momento, todos los días había parado en cabañas a dormir y restaurantes para camioneros para almorzar y cenar. Aquél día pretendía acelerar las cosas, estaba segura de que llegaría esa noche a Buenos Aires y podría aprovechar todo el día siguiente.
Aún faltan más de 700Km, tengo que llegar por lejos que parezca. Aimé no paró ese día a almorzar, sino que comió a un lado de la ruta ciertos panecillos con jamón serrano y olivas que le había dado una anciana en su anterior parada.
Este casco me está achicharrando el cerebro. Se dijo mientras se lo sacaba para engullir unos cuantos mordiscos del emparedado autóctono.
El sueño la estaba venciendo de a poco, pero no quería detenerse allí mientras perdía más del preciado tiempo que la llevaría a la diversión y, por otro lado, la evasión que le generaría estar en aquél lugar tan capitalezco y amotinado de personas. Sería excitante y a la vez la despejaría de pensar.
Leve reseña: Todo esto del viaje había comenzado con la simple excusa de tener un tiempo para pensar, pero no era extraño que dada la soledad de la ruta y la falta de distracciones, una se aburra un poco de pensar tanto y quiera evadirse de tanto pensamiento. Los objetivos eran algo confusos y encontrados en ciertos momentos. Nada de aquello motivaba el interés de Aimé en seguir planteándose su vida o su carrera.
Comencemos otra vez, ¿Por qué medicina?. Arqueó la ceja y sabía que no podía responder a esa pregunta con toda facilidad.
¿Hombres hermosos para ver sin camisa con derecho al manoseo? La idea la hizo estallar en una risa que no había sentido hace mucho, luego volvió a pensar en Anwen otra vez deseando que ella riese de lo mismo.
El celular sonó y fue hasta el armario a tomarlo:
¿Has llegado? Preguntó en cuanto lo cogió.
No, todavía no… estoy muy cerca pero todavía falta mucho. Me planteaba llegar hoy a la noche pero veo que va a ser algo difícil teniendo en cuenta que estoy tirada comiendo un emparedado al costado de la ruta.
Estaba muy excitada por escuchar a su hermana del otro lado del teléfono. Llevaba horas preocupada desde la última conexión y tenía un mal presentimiento.
Se tiró en la cama y sintió la suavidad de las sábanas.
Esto sí que es comodidad, no como aquellas camas en las que estuve durmiendo, todas de plumas duras y nada caseras. Mientras se sentía cómoda y se acariciaba el cabello seguía conversando con Aimé.
- ¡Cuéntame! ¿Novedades? Algo interesante de lo que enterarse, no sé ¡HABLA!
- ¡Que no es para tanto hermana! No estoy tan cómoda como tu allí, pero el viaje lo llevo bien. El paisaje es el de siempre y ya quiero llegar a Buenos Aires. Ni una palabra más ¿tú qué cuentas?.
Anwen quería estar allí con ella, quería saber qué se sentía ser libre y dejarte llevar por una ruta desconocida. Guiarse solo por el viento. Evidentemente era algo más bohemia que Aimé.
Cuando las dos cortaron Anwen fue hacia la nevera a tomar un poco de agua, tenía la boca sorprendentemente reseca por la sal del serranito que estaba comiendo.
¿Hablaste con Aimé hija? Preguntó la madre en cuanto vió cruzar a Anwen con una sonrisa en la cara.
- Dice que está bien y que todavía no ha llegado.
- Pero se tarda mucho, ¿por qué tuvo que hacerlo? Y nosotros aquí con el corazón en las manos.
Volvió a subir las escaleras para encerrarse en su cuarto, algo le decía que tenía que seguir durmiendo. Estaba muy cansada por el viaje.
Me pregunto si volveré a reunirme con la anciana amable que me ofreció ese jamón. Se dijo Anwen mientras prendía la computadora para ver si había alguien conectado mientras se echaba a un lado en la cama.
La gente es verdaderamente amable por estos lugares tan pueblerinos.
Anwen cayó en un profundo sueño mientras seguía recordando etapas del viaje.
Una gota de lluvia rebotó en la nariz de Aimé y la despertó de ese sueño.
Acabo de soñar que era Anwen, jajaja se rió sola al parecerle cómico que hace dos segundos estaba tirada en la cama de su hermana.
Por lo menos el sueño corto le había facilitado verla a lo lejos y también ver la preocupación de su madre.
¿Por qué seguiré soñando que soy mi hermana? Quizá tenga algún significado psicológico. Los intentos de análisis antropológico-propio terminaron al dar un vistazo a la ruta.
¡NO HAY NADA! Era increíble. Mientras dormía pacíficamente al lado de un árbol, alguien le había quitado su moto y sus pertenencias. La situación no podía ser más desesperante.
No tengo celular, no tengo ropa, no tengo medio de transporte y para peor, no tengo comida. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?. Sin mapa, ropa o ningún tipo de pertenencia, Aimé lloró a un costado de la ruta.
¡Dios! Gritó fuertemente con una voz ronca que le raspó la garganta.
Se paró con las pocas fuerzas que tenía ahora que sabía que estaba perdida, su viaje, sus cosas y la forma de salir del medio de la nada, y comenzó a caminar a un lado de la ruta.
Todo esto no es nada gracioso. Si hubiese dormido bien hoy… o si ese maldito colchón no fuera tan dura y hubiera descansado mejor… Los "peros" y "si hubiera" no solucionarían nada en ese momento.
La vista era decepcionante del punto en que se posara.
Unos quince autos habrían pasado en las cuatro horas en las que se había mantenido en pié dando paso tras paso sin sentido ya que no llegaría a ninguna parte sin un mapa.
Quizá el próximo pueblo esté a más de trescientos kilómetros y moriría varias veces antes de encontrarlo.
Una Furgoneta Van blanca algo oxidada fue el número 16 de una triste cuenta de viajeros.
Aimé no esperaba que pare al levantar su dedo pulgar.
La camioneta paró en la banquina y una un hombre muy rudo con bigote blanco y algo arrugado por el paso del tiempo, se asomó del lado del acompañante.
- ¿Hacia donde va?
- Hacia cualquier lugar donde haya un teléfono para llamar a mi familia, me han robado.
- Suba por favor.
El hombre metió la cabeza por la ventanilla y segundos después estaba abriendo la puerta para bajarse de la camioneta.
Le hizo señas con la mano para que subiese en medio del alargado asiento y luego se metió él cerrando el trío.
- Buenas tardes jovencita. Dijo la extraña anciana que conducía la furgoneta.
- ¡No lo puedo creer! gritó Aimé con cara de alivio al ver que la mujer era la misma con la que se había topado el día anterior. –Usted ha de ser mi ángel de la guarda. Le dijo terminando la oración.
Ja ja ja, nada de eso muchacha. Sólo soy una mujer que debe comprar mercadería en ciudad capital para revender en el pueblo, no más que eso.
El alivio de ver a alguien que había conocido en menos de 36Hs era mayor del que podía comunicar.
Aimé no sabía dónde estaba yendo pero iba un poco más tranquila que paso sobre paso por el sendero de la ruta.
Dos horas pasaron los tres hablando de su vida y sus cosas. Aimé se enteró de que la tecnología que se vendía en Chubut era mil veces más barata en un pueblo de la Pampa que era un punto de encuentro de camioneros que llevaban mercadería desde Chile hasta la capital sin ningún tipo de impuesto.
Otros datos de interés le fueron develados hasta que la viejecita le aconsejó dormir un rato ya que había oscurecido y no llegarían hasta dentro de unas pocas horas.
- Muy bien, dormiré un poco. Dijo doblando el cuello de forma incómoda para no sentir la tensión de estar sentada.
El viento le voló los pelos que quedaban sobre la frente, eran pocos y alborotados, pero aún así tomaban vuelo mientras el aire recorría todo su cuerpo. Tenía frío.
Se levantó y sintió una incomodidad en su trasero: Estaba sentada sobre una madera en la parte trasera de la camioneta. ¿Cómo había ocurrido aquello?.
Dobló la cabeza y a su izquierda vió la ventanilla trasera por la que podía dilucidar que en la cabina se encontraba la conductora.
¿Me han dejado aquí atrás? Todo esto no tiene sentido. Aimé pensaba pero no entendía nada.
Pronto se puso en cuatro patas y se acercó a la ventanilla trasera de la furgoneta para ver si la viejecita seguía conduciendo o si podía oír algo.
Casi se desmaya al ver quienes se encontraban dentro de la cabina.
A la derecha estaba el hombre anciano de bigote blanco, a la izquierda la conductora de unos 83 años con tantos lunares en su mano como en el resto de su piel, un rodete blanco como la nieve y unos lentes gruesos que a Aimé le permitirían ver los poros de una hormiga.
En medio: ¡AIMÉ!
Todo aquello no tenía sentido.
¡Pero! ¿Si yo estoy aquí atrás, cómo puede ser que esté allí dentro?
El comentario parece que había alertado al hombre canoso porque comenzó a voltearse cuando ella bajó la cabeza para no ser descubierta.
¿Qué pasó Jorge? Se oyó preguntar a la vieja detrás del vidrio.
Me pareció oír algo aquí atrás.
No seas ridículo. ¿Por qué no adelantas un paso y la duermes?
Era exacto lo que iba a hacer Mirta, eso mismo. Me da tanta pena pero seguro lo entenderá a su debido momento.
¿Entender? ¿Qué tenía que entender? ¿Que la estaban secuestrando y queriendo dormir? ¡Por Dios! No había nada que entender… o en realidad sí.
Volvió a asomarse por la ventanilla y allí fue cuando lo vió.
El anciano le estaba apuntando con una jeringa llena hasta la mitad con una sustancia azulada.
¿Pero qué…? La aguja traspasó el cuello y ella lo sintió desde allí atrás, desde el exterior de la cabina.
Vió como su doble, la mujer dormida allí dentro, entreabrió los ojos y ella misma se sintió mareada.
El vidrio le parecía borroso ahora.
… la ruta estaba oscura…
… la mujer la abría un párpado para verla desde muy cerca con sus anteojos grandes…
… alguien la transportaba en una silla de rueda…
…
Aimé no supo nada más, no entendió nada más, no vió nada más. Estaba profundamente dormida.
jueves, 4 de junio de 2009
Aimé
Publicado por el Zore en 12:45
Etiquetas: Actual, Supernatural
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